Collage Opera Garnier y calle con caballos en blanco y negro , con Mouline rouge, modelos de Toulouse Lautrec, bañista de Picasso y Torre Eiffel de Delaunay - la Belle Epoque - Surrealismo. Loco Mundo Arte y Bohemia

LA BELLE ÉPOQUE I: AÑOS DE VÉRTIGO

Entre 1890 y 1914 el mundo cambió de forma radical. Inventos y descubrimientos de principios del siglo XIX se consolidaban y daban sus frutos en estos años. El ferrocarril, el barco a vapor, la mecanización del campo; todo ello contribuyó a abaratar los precios de la comida y de la ropa, pero sobre todo provocó un flujo migratorio desde el campo a la ciudad. En medicina, la máquina de rayos X, el microscopio (que atajó las epidemias), y las vacunas, junto con la reducción de las guerras, trajeron consigo una disminución de la mortalidad, y, como consecuencia, una revolución demográfica. Por otro lado, los avances científicos mejoraron la vida de las personas: la bombilla, el generador eléctrico, el motor de combustión (que llenó de coches las ciudades), el ascensor (que permitió la construcción de rascacielos), el teléfono, el fonógrafo, los proyectores de cine, la fotografía (que se perfeccionó y generalizó), las rotativas (que permitieron imprimir más rápido y más barato, aumentando el número de periódicos y revistas)…

Y fueron las Exposiciones Universales el escaparate ideal para dar a conocer, al público de todo el mundo, los adelantos de la industria, el comercio y las artes, mostrando con ello la confianza depositada en la ciencia y la tecnología.

Las ciudades crecieron enormemente, y aparecieron el consumo y el ocio de masas. Los valores tradicionales se cuestionaron: las mujeres empezaron a pedir la igualdad y los trabajadores comenzaron a luchar por la injusticia social. El aumento de la alfabetización hizo que aumentara la demanda de prensa, y ésta pronto influyó en la opinión pública, que a su vez comenzó a tener peso en las decisiones del Estado.

 

 

Fueron años de vértigo, en los que la vida cambió su ritmo: de pausado pasó a ser frenético; de reconocible pasó a ser anónimo. La ciudad fue su emblema, la multitud su seña de identidad y la noche su mayor conquista.

RECIÉN LLEGADOS A LA CIUDAD... Aquel ritmillo

Aquel ritmillo

Las ciudades de la Belle Époque resultaban impresionantes para aquellos que las veían por primera vez. Y entre todas ellas, la que más brillaba era París.

Un campesino nacido en un pueblo, había crecido en un ambiente marcado por el ritmo de la naturaleza; el trabajo empezaba con la salida del sol y se acababa cuando sus últimos rayos de luz se escondían. Todos conocían a todos, cualquier desliz circulaba como la pólvora y el reproche era unánime. Se podían comprar muy pocas cosas, y la oportunidad de diversión estaba en las fiestas regionales. Una vez caía la noche, la aldea se sumía en la oscuridad y el silencio. La casa se iluminaba con velas, pero por poco tiempo: había que evitar gastarlas. La vida siempre había sido así y parecía que nunca iba a cambiar.

Pero a sus oídos llegaban noticias de París, esa ciudad inconcebible donde la noche no caía cuando el sol se escondía. Y hasta allí viaja nuestro campesino, hacia la tierra de las oportunidades.

Qué impresión la primera vez que se interna en sus calles: chimeneas humeantes, edificios altos por todas partes y destacando entre ellos, el más alto de todos: la torre Eiffel, orgullosa con su perfil de hierro. El ruido lo invade todo: los taxis motorizados y los carros de caballos que se mezclan en las calles; el temblor de tierra y la campana que anuncian la llegada del tranvía; las voces de la gente, gritando para que se aparte, gritando para vender un periódico, hablando y riendo todos a la vez. Las caras que ve a su alrededor le son desconocidas; y hombres, mujeres y niños de todas las clases sociales se paran a mirar los deslumbrantes escaparates de las tiendas. Sorprendido, él también los mira y queda maravillado ante la cantidad de utensilios, comidas, ropas y demás productos que en ellos se exponen. Deambula por calles laberínticas y largas avenidas que parecen no tener fin, y en el camino encuentra un grupo de obreros que atentos escuchan un mitin que les habla de sus derechos. Cuando llega la noche, los carteles luminosos de los cabarés; las colas para ver un nuevo invento, el cine; las calles iluminadas por miles de bombillas, lo hipnotizan. No es capaz de dormir. Ha llegado al Paraíso.

«Breve historia de la Belle Époque», de Ainhoa Campos Posada

En 1860, a mediados del Segundo Imperio, tuvo lugar la gran transformación de París de la mano del propio emperador Napoleón III, inspirador e impulsor de las reformas, y del Barón Haussmann, Prefecto del Sena y ejecutor de las mismas. El París medieval de calles estrechas e insalubres debía modernizarse. Se derribaron viejas murallas y miles de edificios con el fin de construir las grandes arterias rectilíneas, que servirían para facilitar el tráfico y, de paso, también la entrada del ejército en caso de sublevación. Estos bulevares fueron el emblema de las reformas de Haussmann: grandes vías arboladas que daban paso a la luz y disponían de amplios paseos para los peatones. Una reforma que fue más allá de lo meramente estético, con sus 600 km de alcantarillas, además de escuelas y plazas.

Así surgió el nuevo París: con sus amplios bulevares, sus parques, sus grandes edificios públicos, sus monumentos como puntos de fuga, su arquitectura residencial tan característica.

Si con Luis XIV, el rey Sol, que ideó un sistema fijo de faroles para las fachadas allá por el siglo XVII, París fue denominada la Ciudad de la luz; ahora, con más de medio millón de bombillas y 9.600 farolas de arco, la capital francesa renace como la ciudad más deslumbrante de Europa. Y dominándolo todo, con sus 300 metros de altura, divisamos la torre Eiffel, llamada con orgullo “La Señora de París”.

LOS NUEVOS MEDIOS DE TRANSPORTE... La velocidad aumenta

La velocidad aumenta

Durante la Belle Époque, los buses, tranvías y metros se multiplicaron: primero tirados por caballos, luego electrificados y finalmente a motor; aunque hubo un tiempo en el que todos los transportes se mezclaron, produciendo un efecto caótico en las calles al que era difícil acostumbrarse. Poco a poco los caballos fueron desapareciendo, y los taxis se hicieron comunes en la mayoría de las ciudades en 1914.

Otras ventajas del transporte motorizado fueron los camiones de bomberos y las ambulancias, que llegaban más rápidamente a sus destinos… aunque algunas personas consideraban que las ambulancias eran carros de la muerte al facilitar el contagio de las enfermedades recorriendo la ciudad.

Como solía ocurrir con la aparición de cualquier invento, mucha gente se mostró recelosa con la aparición del metro, pues les parecía peligroso pasar tanto tiempo bajo tierra respirando un aire que creían viciado, además del peligro de derrumbe.

Sabías que... Enterrado en vida

 Hubo quién bautizó al metro como “Necropolitan” ya que resultaba lo más parecido a estar enterrado en vida. Y el metro de Londres, para introducir las escaleras mecánicas en la línea Picadilly, tuvo que contratar a un hombre con una pata de palo que se pasara el día subiendo y bajando con el fin de mostrar a la gente que no había ningún peligro.

Pero si hubo un invento que dio alas a la gran mayoría, fue la bicicleta (la moderna bicicleta que es muy parecida a la actual la encontramos en 1885). Al principio su precio lo limitaba a los privilegiados, pero con la aparición del neumático de Dunlop (que sustituyó la ruedas de goma macizas por el neumático hinchado más cómodo y ligero) se abarató su producción, haciéndola asequible a las clases trabajadoras. La independencia que proporcionó su uso la convirtió en un símbolo de la ruptura de las costumbres tradicionales. Y para las mujeres, el nuevo invento significó una libertad desconocida al ampliar su capacidad de movimiento.

Uno de los problemas más graves a los que se enfrentó la sociedad ante una mujer en bicicleta fue el de la vestimenta. El riesgo a mostrar partes prohibidas por la acción del viento, las largas y voluminosas faldas, los corsés asfixiantes, el peso enorme de los ropajes…¿qué hacer entonces si el uso de los pantalones era, en un principio, incuestionable? Pues se solucionó cortando esas faldas en dos (¡vaya, como un pantalón!) y aligerando su peso. Cuando la situación se normalizó, se pusieron de moda las mujeres en bicicleta, hasta el punto de resultar más atrayentes para los hombres, por lo que algunas la utilizaban sólo para ligar…

Sabías que... La primera mujer en bicicleta

La primera mujer que se atrevió a montar en bicicleta por Londres fue atacada con piedras y ladrillos. Y como montar en bicicleta podía suponer demasiado esfuerzo para la ‘delicada’ salud femenina, se anunció un brebaje que entonces bebían los intelectuales: el Vin Mariani, el vino con cocaína que aportaría a la mujer la fuerza y resistencia características de los hombres ¿Se puede pedir más?

Y LLEGARON LAS COMPRAS... El pulso se acelera

El pulso se acelera

Una de las principales atracciones de París fueron los centros comerciales. Estos surgieron a lo largo del siglo XIX, y su público objetivo eran mujeres de buena posición social. Se presentaban como un lugar donde las compras eran también una forma de ocio, como ocurría en las galerías Lafayette. Un ocio respetable donde las mujeres podían acudir a comprar solas, y en el que las clases privilegiadas iban a exhibirse. 

Sin embargo, en 1895 se inauguraban en París las galerías Dufayel, dirigidas a las clases trabajadoras. Georges Dufayel se dio cuenta del público potencial que estas suponían. Así que compró un edificio en un barrio obrero, lo decoró como si de un palacio se tratara, e introdujo las rebajas, la posibilidad de devolver lo comprado y la venta a plazos (contrató a más de trescientos hombres que iban recogiendo el dinero casa por casa).  En sus galerías podías comprar artículos baratos que imitaban a los productos exclusivos de las clases altas. Y para alentar el consumo creó un teatro, un cinematógrafo, un carril para bicicletas y un jardín de invierno. La idea de Dufayel triunfó y pronto otros negocios imitaron su estrategia.

Un palacio para el pueblo

Las galerías Dufayel parecían un verdadero palacio. Con una torre central y enormes ventanas en las fachadas. Por dentro, estaba decorado con doscientas estatuas, iluminado por grandes lámparas colgadas de un techo altísimo, y las paredes decoradas con innumerables cuadros. En el centro, una enorme y elegante escalera llevaba al visitante al cine (de mil quinientas butacas), y los pasillos rebosaban de todo tipo de productos.

Sabías que... Souvenir especial

El día de la inauguración, se ofrecía a los clientes un souvenir especial: el señor Dufayel llevó a las galerías una máquina de rayos X para aquellos que quisieran llevarse una radiografía de la mano o el pie como recuerdo. Con ello, las galerías mostraban su disposición a la modernidad.

SURGEN NUEVAS FORMAS DE OCIO... Y el ritmo se dispara

Y el ritmo se dispara

Con la mejora de los salarios y la regularización de los horarios, los trabajadores pudieron acceder a los nuevos entretenimientos, algunos de ellos surgidos de los avances tecnológicos. El cine (inventado por los hermanos Lumiére y convertido en el ‘séptimo arte‘ por Georges Méliès) fue el más popular. En un principio era un espectáculo itinerante, pero pronto empezaron a construirse salas específicas para el cine. Era tal la demanda, que en 1911 se inauguraron en París los cines Gaumont, con tres mil cuatrocientas butacas.

Sabías que... Sesiones de cine

Surgieron distintos tipos de entrada al abaratarse los precios, con el fin de llegar a las clases más bajas. Así, se vendían unas que eran muy baratas pero en las que tenías que ver la proyección de pie, ya que no daban derecho a butaca. Además, como había que darle a la manivela para proyectar la película, cada sesión tenía un ritmo distinto. Las últimas proyecciones fueron las más famosas por ser las más rápidas, ya que el encargado quería irse a casa cuanto antes.

Durante la Belle Époque, las ciudades multiplicaron sus parques y las excursiones al campo se pusieron de moda (sobre todo entre la burguesía). Para los que querían cultura, además del teatro (modernizado con los efectos especiales que trajeron consigo los avances tecnológicos: juegos de luces, efectos de niebla…que hacían las delicias del público) surgieron los museos, como los de cera, que tuvieron un gran éxito. 

Si bien salas de concierto, bares y tabernas seguían ocupando cada noche el tiempo de ocio de muchos, la gran estrella de la Belle Époque fue el cabaret, con la apertura de Le Chat Noir en 1881 y el Moulin Rouge en 1889 (inmortalizados por Toulouse Lautrec) . Sus bailarinas, convertidas en estrellas de gran fama dentro y fuera de París gracias a los periódicos, pusieron de moda un estilo de baile demasiado atrevido para la época: el cancán.

Y por supuesto, asociado al ocio estaba el consumo de alcohol (sobre todo la absenta, llamada también «el hada verde», que se popularizó por ser una bebida barata), y también otras drogas como el éter, el opio o el hachís. Sin embargo, es la morfina la droga de moda entre los círculos más bohemios, intelectuales y privilegiados de las capitales europeas, especialmente en París. La invención de la aguja hipodérmica en 1855, y el diseño de las jeringuillas, facilitaron su uso: en un principio como medicina y después de forma lúdica.

Sabías que... La morfina

El uso de morfina era un signo de glamour y distinción. En lugar de censurarse, muchas damas y caballeros respetables hacían cola en los salones para inyectarse y, de paso, mostrar sus estuches (donde guardaban las jeringuillas) creados por los joyeros más exclusivos.

Y PARA FINALIZAR... El mundo se detuvo

El mundo se detuvo

Esta época tuvo sus sombras, pero se distinguió sobre todo por sus luces reconocidas en los avances tecnológicos (que facilitaron la vida de la gente) y científicos (que aumentaron la esperanza de vida). Todo ello envuelto en un ritmo frenético de instantes que, aun siendo fugaces, dejaban grabada en la retina de los presentes impresiones de un mundo dichoso y confiado en el futuro. Un mundo que los impresionistas (ver La Belle Époque II: Los Impresionistas), también inmersos en ese optimismo, supieron retratar. Un mundo que no tardaría en desbaratarse en una de las guerras más cruentas de la historia, la Gran Guerra (como entonces la llamaron pensando en que no habría otra igual). Y fue esta terrible guerra la que alteró la mirada hacia el pasado más cercano, tiñéndola de nostalgia e idealizando una etapa que, desde entonces, conocemos como la Belle Époque.

Fuentes:

Los  datos de este artículo están sacados de un libro del que recomiendo su lectura a todo el que quiera saber más:

Campos Posada, Ainhoa. Breve historia de la Belle Époque

A mí me ha transportado a aquella época. ¡Genial!

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